Despierto junto a ti, unos minutos antes de ti, los necesarios para poder mirarte y pensar en todo esto. Miro tus rasgos al dormir, tus expresiones que son muy distintas a cuando hablas, cuando ries o cuando estás preocupado. Tu pelo está desordenado y un rayo de luz atraviesa tu cuerpo desnudo. Nuestros cuerpos están entrelazados en una mañana fría. Me acerco a ti buscando calor, como las hojas que buscan al sol. Quiero que despiertes, pero dejo que sigas durmiendo, con tus sueños. Yo no puedo dormir más, pienso en ti y en nuestros despertares. Invoco recuerdos de tiempos pasados, de la infancia, de otros amores, de otros despertares, porque quiero acceder a ese calor mental del encuentro con un otro.
Recuerdo la conversación que tuvimos anoche y la nostalgia inunda mi cuerpo, como si tus palabras anticipara cosas, decisiones, como si en entrelíneas me dejaran con un adiós. Quiero besarte y decirte que todo estará bien, pero no puedo prometer eso, a esta altura de los años no puedo prometer nada. Te irás en un rato y quiero atesorar esta imagen eternamente. Me gustaría que te quedaras más tiempo, pero no quiero pedírtelo. Me gustaría verte mañana, pero no quiero pedírtelo. Así que dejo que las cosas sucedan y me arrojo al destino de lo no dicho.
Pienso en el futuro y sé que esto no tiene un destino más que este encuentro o la suma de los encuentros. No sé si pensar en esto me hace sentir bien o mal. No sé si es lo que quiero, pero por algo estoy acá observando como respiras en la misma habitación que respiro yo. Despiertas. Me abrazas, me acercas a tu cuerpo y nos fundimos en ese abrazo. Quisiera que todos los momentos de la vida fuesen como este, con esta calma, con este calor. Pero asumo el destino inexorable de exponerme al frío de cuando te vayas, al frío de la vida misma, aunque no me guste.
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